Carlos Decap y la invención del poeta
“…que por lo menos de la palabra
no nos han despojado.”
…Sí: que soy un ignorante, que no viví el período, que no me expropiaron las tierras ni tuve que hacer colas, que vivo la suerte de la democracia, que no me falta el aceite. Lo concedo todo aunque, desde el tímido nido de la elucubración, me atrevo a decir lo siguiente: Andrés Correa es un traidor.
Andrés Correa es publicista. Nació para el tercer lugar de Chile -en 1962, es decir, tenía once para el once-. Contaba mi edad cuando nací -o sea, veintitrés años en el ochenta y cinco- y odiaba la dictadura por sobre todas las [pocas] cosas. Deliraba con The Cure, pero debía conformarse con cinco minutos de Soda una tarde de sábado penquista, antes de siete horas de Don Francisco y su Bailongo. Es decir, masticó de primera fuente todo aquel pseudo imaginario explotado en las actuales fiestas kitsh, los refritos musicales, la Guerra de las Galaxias XXIV, el renacer de Juan Antonio Labra.
Cuando salió un Nuevo Estilo de Baile, Andrés Correa sí lo sabía.
Otros tal vez no lo sabían, pero algo temblaba. La política nacional de los despojos -aunque qué puedes quitar a la gente cuando no hay nada…- funcionó a las mil maravillas para todos menos para Chile. Con el país lleno de aborrecibles y folclóricas imposturas, la luz de la creación -palabra nunca tan mal usada en la historia como ahora- brillaba sobre la superficie de laca clase B de nuestro mal llamado arte. Por ahí galopaba uno que otro marginal haciendo versos. Ni Correa ni nosotros les pusimos mucha atención, porque en realidad no brillaban lo suficiente
ESCRIBE PEQUEÑOS FRAGMENTOS DE REALIDAD / COMO VENTANAS /
PARA QUE SE SEPA QUE NO TODO SE VE / A FLOR DE PIEL EN ESTAS CALLES,
Carlos Decap que grita al oído, pero el eco es sordo, porque Correa ocupaba sus sesos pensando qué haría con
su vida, pensando si la publicidad le dará esa libertad que sólo conoce de nombre y que sospecha que no está en la luz del maldito set de Sábados Gigantes.
Correa se va a Santiago. Al Santiago de Matucana, del Jaque Mate, de las Yeguas del Apocalipsis, del viril y cierto compañerismo que prometía ser el arte. Conoce la oscuridad y se enamora, aunque también se da cuenta que sus primeros resquicios ya los conocía; los había sentido el impasible Concepción
…QUE ALGO OSCURO LATE EN SUS RINCONES, /
QUE POR LO MENOS DE LA PALABRA…
Pasa un tiempo y ¡a quién le importa la publicidad! Hay que recuperar la democracia, ya es ochenta y ocho y el plebiscito hay que ganarlo, ¡le ganamos al hijo de puta!, se irá en dos años más, ¡por fin se ha ido!, ¡que venga Aylwin y me de pega!, ¡que venga Frei y me de pega!,
…NO NOS HAN DESPOJADO
si no soy moreno como los otros, si soy rubiecito y calzo con la imagen de su empresa, déme la oportunidad, ¡si yo voté por el SI!
Se acaban los ochenta. Los noventa son sólo un insípido y temeroso salto hacia los recuerdos.
Hoy se da cuenta que en realidad nunca odió tanto la dictadura. Su intrincada -pero correcta- moral lo ha hecho rico; sólo debe invocar las memorias de los fantasmas que hipotecó para ser quien es ahora, para tener la casa en Vitacura, para dirigir la campaña que nos llama a pedir que vuelvan los lentos y que amemos a los ochenta, y que el fracaso y olvido de quienes todavía oyen, todavía escriben, no es por su culpa, su culpa, su gran culpa.
Andrés Correa nos venció a todos. Es un sordo que aprendió a escuchar y -temeroso - se voló los tímpanos de un disparo. Es, probablemente, el estandarte de esos miles de malditos sordos, autores intelectuales de la primera raíz de telarañas que queremos sacudir. Nos recordó a todos lo bellos que fueron los ochenta. Este trabajo se lo debemos, en gran parte, a él y le damos las gracias.
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Les ofrecemos, en este link, un artículo escrito por Decap en el Diario el Sur, a mediados del año 1980 sobre la imagen del poeta en Concepción. Recomendado!.
















