SERPIENTES: Un Mito en la poesía de Omar Lara.
Me referiré a un pequeño, desconocido y extraviado libro de Omar Lara, poético habitante –como diría Hölderlin- de la urbe penquista; publicado allá por el año 1974 en Lima, con ilustraciones de Juan León, por la editorial Arte-Reda. Digo pequeño por que la edición no pasa de las 25 páginas. Digo desconocido porque no se sabe que del libro “Serpientes, habitantes y otros bichos” publicado en los ochenta acá en Concepción, ya estaba editado el primer opúsculo. Digo extraviado porque, para mejor documentar el presente artículo, fui a hablar con el propio autor en su librería (o mejor será decir refugio?) ubicada en Ongolmo 139 cerca del café “El Sembrador”, quién me reconoció no poseer ningún ejemplar de la que tuvo que haber sido una bella edición.
¿Cómo tratan a Lara las serpientes?
Si nos vamos al origen –existirá tal?-, nos encontramos con una serpiente. En el famoso pasaje bíblico, de tradición siria, de Adán y Eva, nos encontraremos con una serpiente que seduce y pervierte la armonía arcaica (no es casual la repetición de esa primera sílaba, como también en mon-arquía o an-arquía). La serpiente, en complicidad de la mujer, Eva; (no pretendo decir “diablo-mujer-serpiente”) logran inducir al pecado al hombre, Adán (tampoco pretendo decir “dios-hombre-cordero”, lo cual sería incluso hereje) y, por fin, son expulsados del paraíso de la inocencia (o la ignorancia).
Fuera del cristianismo, profundamente reveladora me parece la presencia de la serpiente en la iconografía asociada al dios de los gnósticos, Abraxas, en quién se funde el bien y el mal, la luz y la sombra, el hombre y la mujer; zoomórficamente: el gallo y la serpiente. Posiblemente, nuevo paso en la comprensión de lo femenino, a la nietzscheana, como allende lo moral.
Por otro lado, la encontramos configurando la imagen del dios más importante del panteón azteca, Quetzalcóatl o la Serpiente Emplumada. Wikipedia, en su artículo referido a esta deidad, nos dice algo revelador: “La combinación Quetzal-Cóatl contiene los siguientes significados, todos relativos a las funciones de Quetzalcoatl en la teología tolteca: “serpiente con plumas”, “doble precioso”, “ave de las edades”, “gema de los ciclos”, “ombligo o centro precioso”, “serpiente acuática fecundadora”, “el de las barbas de serpiente”, “el precioso aconsejador”, “divina dualidad”, “femenino y masculino”, “pecado y perfección”, “movimiento y quietud””; haciendo fuerte relación con la visión gnóstica de lo ideal y la situación de la serpiente al respecto.
Bueno pues, y Lara?
La ingenuidad del poeta, esa mala maña de creerse inmortal (no hablo de Lara, en quién parece que esto se diera al revés) lo lleva a decir “nunca creí en tu veneno / mi pequeña serpiente” en el primer texto. Esta autosuficiencia (¿patriarcalista?, a decir verdad no lo creo) no dura mucho. En el segundo texto –el segundo momento-, el autor confiesa: “desperté con una confusión de los mil demonios” “creí que soñaba / pero ella estaba allí, enrollada / bella y hambrienta a los pies de la cama”, confiesa en el fondo la subterfugia superioridad de la feminidad. Vuelta a caer el error: ¿superioridad? ¿no será un travestismo, como el propio de la serpiente, que podríamos –incluso- llamar devenir?: “Tu condición asumo / me despojo de ropa / de papeles / sobre escamas recientes / me desplazo buscándote”. El poeta, en el acto amatorio, adquiere una nueva piel, despojándose de la suya propia (imaginarse vestido a Lara con papeles es sencillo si visitamos su librería). El pequeño poemario finaliza en un Abraxas, un Quetzalcóatl: “Tu nueva piel seré”.
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