Cita a ciegas
Recurriendo a un inhabitual ejercicio de la práctica académica, trato de situar una primera mirada a la poesía de la ciudad en un plano ilusorio: el de un sujeto lector ajeno a nuestras realidades e ignorante del “mito Concepción”, que se enfrenta a una poesía desconocida; poesía embriagadora que le guía por los intersticios de lo seductor y lo desconocido; que espera una revelación finalmente irresoluta, pero no por eso carente de cierta estética. Tras una serie de supuestos -que, espero, se clarifiquen a lo largo de esta aventura llamada Facultad Poética- se verifica la imposibilidad de dicho ejercicio por el evidente carácter de esta “aura poética” como potencia construida y portadora de marcas insoslayables.

Annais Ferreira "Lluvia de Otoño"
La poética de la lluvia
En pos de una ineludible caracterización de la ciudad como espacio de la poesía, es necesario dotar nuestra cotidianeidad de elementos que remitan a la reunión de los sujetos en torno a ciertas ideas; en este caso, a la derrota -y constatación- de la sal y pimienta poéticas: soledad y muerte. Valparaíso se reúne y muere en el puerto; Santiago se eterniza, renueva, angustia en el cemento; Iquique se congrega en el exilio del desierto. ¿Y Concepción? ¿Existe una idea material y patente sobre la cual edificar una estética?
La respuesta cae del cielo: la estación de trenes, el parque Ecuador, la Universidad, el Strómboli, la casa de la Tía Olga… emblemas transformados desde el húmedo ojo que se esconde bajo un paraguas: la lluvia. Nubes al acecho, y parece palpitar la certeza de la reunión frente a la estufa, frente a la paradoja de ver que en cada gota y en cada nube de humo se esconde la respuesta al óxido del pasado que no podemos borrar de nuestra memoria. La lluvia de Concepción es una especie de monstruo fascinante e impredecible que se nutre de los muertos que la rodean: de las lágrimas negras de Lota, de las arenas de Coronel, del liso vapor de Tomé. En tanto imagen se configura como una potencia presente de la cual el penquista es celoso guardián: nadie nos toca ese espacio vacío e infértil llamado Concepción. La llave que pende de nuestro cuello, misteriosa para santiaguinos, porteños y extranjeros en general, no es sino el derrotero lógico del imaginario que hemos construido: el destino de la poesía penquista no es la puerta que se abre, sino esa llave en sí misma. Pareciera ser que los penquistas somos dueños de una intuición regalada por los años, por esa certeza de que a la vuelta de la esquina no hay nada, pero ¿quién sabe? En esta última pregunta reside el enigma de lo interesante, de lo desconocido para los forasteros. Mientras podamos guardar, imperturbables y presentes, el secreto de esta mentira verdadera, la poesía tiene futuro -porque tiene pasado- en la ciudad; el forastero podrá seguir descubriendo, en el tránsito de su cita a ciegas con nuestra realidad, ciertas parcelas del enigma; pero también continuará observando impávido que el resto de la respuesta se halla en la complicidad de las miradas en las esquinas, en los negocios, en las micros: esa complicidad escrita con un “no lenguaje” que funciona de manera inconsciente.
La aventura literaria que hoy emprendemos quiere traducir, en un -ojalá- milagroso encuentro con las palabras e imágenes correctas, el emotivo encuentro de hombres y mujeres que entre cuatro paredes -nuestras queridas cuatro paredes- han pensado una ciudad y un mundo que hoy también nos pertenece. No renunciamos al delirio de ser dioses y encontrar en la poesía las preguntas a esas respuestas abrumadoras de la realidad. No renunciamos a contaminar con poesía la tersa doble faz de la navaja universitaria. Renunciamos, eso sí, a quedarnos quietos: ni por nada del mundo. Por ahora, tenemos un espacio por poetizar.
Después de todo, ¿quién sabe…?
















