¿Qué hacer ante la tradición metafórica? (Primera Parte)

Sentado en la playa veo pasar los barcos y experimento el instante en el lenguaje y no para el lenguaje, es decir, pienso sobre lo que siento y no sobre como lo entiendo, veo llegar la noche e iluminarse el cielo con estrellas, hundo mis dedos en la arena, me siento como una pata de pancora, estoy tranquilo.

La metáfora nos permite entender al hablante, a través de ella nos permite acercamos a las creencias que los autores tienen acerca de sus sentimientos, pretendiendo asirlos, pero es sólo una ilusión.

Convengamos en que no es posible “traducir” a palabras los sentimientos. Por tanto, que una palabra exprese mejor que otra una experiencia emocional es sólo una convención social. Entonces, la ilusión viene en el hecho de anteponer un truco que distorsiona la percepción directa del fenómeno. Toda palabra es un truco.

El acto poético no puede limitarse, esto nadie lo pone en duda, al sentido estricto de las palabras o las estructuras, aunque esto sea el proceso primario dentro del acercamiento al poema. El acto poético involucra a todos los sentidos, no sólo a los que les subyace un proceso biológico, sino también a los otros (llámelos ontológicos o metafísicos, me da igual) y es precisamente este proceso dual de significancias lo que constituye el poema. El mundo perceptual es más “sensual” (de sentidos) que lírico, en el entendido clásico. Y esto no puede remitirse a una metáfora, simplemente porque se agota en sus posibilidades creadoras.

La explicación es a la vez una y varias, simple e inagotable: la poesía no está constituida de imágenes líricas. No lo está en el sentido acostumbrado y tradicional, si bien está constituida por una estructura que podríamos llamar “estructura lírica o poética” hay significados dentro del acto poético que no son asibles por medio del proceso tradicional de acercamiento al poema, haciéndose necesario un segundo proceso que alcance una mayor profundidad perceptiva, más parecida quizá a la experiencia de un mantra o una frase zen. De esto desprendo que la metáfora como precursora de la imagen lírica, por lo menos en la tradición occidental, se agota en sus posibilidades lúdicas y sensoriales.

No es que me parezca sin valor la utilización de la metáfora pura que tanta altura consiguió en los versos estridentistas o en la generación del 28, remitiéndonos por cuestiones prácticas al s.XX, pero es una poesía demasiado correcta, demasiado limpia, cada pieza en su lugar y que la máquina marche sin contratiempos. A la larga esto crea en la obra poética que el efecto se estabilice y por supuesto Ud. dirá que un efecto estable es lo que cualquier poeta se querría ¿qué mejor que ser capaz de transmitir con la pureza del lenguaje?, pero esta estabilidad provoca que las evocaciones perceptuales y sensitivas, este segundo proceso del cual hablo, no varíe mayormente de una obra a otra o de un autor a otro, y es aquí donde rompo filas con la historia. Es sólo a través del quiebre, del desorden de los sentidos, usando palabras de Rimbaud, que los artistas logran tomar el control de sus propias obras, son precisamente quienes rompen con su generación, con sus estructuras a quienes más recordamos, en quienes fundamos nuestra búsqueda de conocimiento. Para esto es necesario que el efecto deje de ser homogéneo.

Un Comentario a “¿Qué hacer ante la tradición metafórica? (Primera Parte)”

  1. me encantan la metáforas, las imágenes, las alegorías, me gusta la intensidad, la sangre y creo que sabiendo usar estos recursos brota una poesía que resultará un placer, sea triste o alegre, hasta la melancolía es un placer.
    no pienso que ésta se agote, pienso que el lenguaje directo es el que se agota y es mezquino…
    rimbaud escribió todo en símbolo, alegorías, como le bateau ivre…
    me gustan los franceses, a pesar que rescato de la vida lo que me sensualiza…
    lee mi blog http://anarosabustamantevaldiviachile.blogspot.com

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